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Mostrando las entradas con la etiqueta Artículos periodísticos

SIMÓN DÍAZ Y YO

    Conocí a Simón Díaz hace mucho tiempo, en mi infancia, porque él era tío de mis grandes amigos William y Rubén Avellaneda Díaz. Eso no lo recordó él (no tenía por qué) cuando, siendo yo escritor del canal de televisión RCTV, me lo encontré en la esquina de un estudio, sentado en una butaquita, esperando seguramente su turno para grabar quién sabe qué. Me llamó la atención que estuviera allí, por supuesto, por voluntad propia, en vez de en la dignidad de un camerino o una sala VIP. También me sorprendió que se estuviera comiendo un mango, así, con las manos, de lo más cotidiano. Al verlo no se me ocurrió más que una pregunta anodina: “¿Y entonces? ¿Comiéndose un manguito?", dije yo, a lo que él sólo respondió: “¡Sabroso!". Simón tampoco recordó en ese momento (y no tenía por qué) otro encuentro que tuve con él, años atrás, cuando yo era redactor creativo de una agencia de publicidad, y, tras terminar la filmación de un comercial, falló la logística y no había quien lo llev...

LA LINGÜÍSTICA EN LA MATA

    La Zona Rural de El Hatillo, en Caracas, representa una identidad cultural encantadora, aunque contradictoria. Yo, que tengo grandes afectos entre los naturales de La Mata, Gavilán, Turgua y Sabaneta, puedo dar fe de un gentilicio que se toma muy en serio el deseo de verse y sentirse cada vez más ilustrado. Sólo que estos enclaves humanos se han visto, por una razón difícil de entender, históricamente agobiados de lejanía y quizá es por eso por lo que resuelven en caliente los problemas del lenguaje sin la intervención de la cátedra ni de los paradigmas gramaticales. Es lo que ocurre con algunos buenos amigos que moran en La Mata, quienes tratan de resolver a su manera lo que ellos consideran una incongruencia de la declinación verbal del idioma español. Hablamos de los verbos de la primera conjugación (los que terminan en "ar"), que hacen idénticamente la primera persona del plural así en el presente como en el pretérito de indicativo. Por ejemplo: "ayer nosotros ll...

ASIMILACIÓN CONSONÁNTICA: DE CARTAGENA PARA EL MUNDO

    Ser cartagenero es algo inocultable. Con oír apenas una palabra, ya cualquiera está en capacidad de identificar a un nativo de esa latitud. Y la razón es la música que nace inevitablemente en su fonética. Uno de los rasgos más evidentes del español hablado por la gente de allí es la asimilación consonántica regresiva, que se manifiesta cuando en una palabra hay dos consonantes juntas y la que va de última "se come" literalmente a la anterior. Es el caso de voces como "fortuna" o "albino", que en estricto cartagenero debe decirse "fottuna" y "abbino". Pues, resulta que una vez hablaba con un amigo de allá al cual yo le señalaba ese fenómeno de su pronunciación, y él me replicó: "no, vale mía, esos son aggunos". Luego de una larga explicación, mi amigo terminó por admitir que sí, que así es el habla de Cartagena. Pero él practicó, y practicó y practicó, hasta que pudo desarrollar frente a mí una conversación completa con otr...

LOS NIÑOS Y EL DARIÉN

   Ninguna persona que aspire a la sensatez sería capaz de negar el drama monumental que jadea detrás de la crisis migratoria en América Latina. Porque el que migra normalmente escapa: del hambre, de la cárcel, de la desesperanza, y eso es lo que nos tiene a millones de haitianos, cubanos y venezolanos desperdigados por el planeta, con un pie afianzado en las lágrimas y el otro suspendido en la incertidumbre, buscando una tierra que no sólo sabemos que nadie nos ha prometido, sino que, además, barruntamos que nos negarán, o que nos cobrarán muchas veces al desaforado precio del abuso. Hasta ahí, digamos que todo es “aceptable”. Pero entonces el asunto llega a desproporcionarse y hay que encender las alarmas. Leí recientemente sobre una mujer que se aventuró a cruzar El Darién y cayó en la cuenta de su error sólo cuando tuvo que presenciar el suicidio de una pareja de haitianos cuyo hijo pequeño acababa de despedazarse en el resbaladero de uno de los abismos que hay en el lugar...

ISRAEL Y PALESTINA

    No hace falta escudriñar el pasado ni remover honduras para entender que ambas naciones, Israel y Palestina, con sus comidas, sus bailes y sus credos, tienen el derecho y el deber de la existencia. Tampoco hay que ser un genio para advertir que, si no ha sido así, no es por culpa de los pueblos ni de sus dioses, sino de los agitadores de pasiones que de cuando en cuando se consagran como sus líderes. No es necesario ir a la fuente original para constatar que, efectivamente, el más alto propósito de varios actores del conflicto es la destrucción de Israel y el asesinato de todos los judíos. Ellos mismos lo dicen, y, por si hubiera dudas, son capaces de atacar por sorpresa a cientos de adolescentes que cantaban por la paz y cazarlos como a ratas, de quemar casas con las familias adentro, y de prometer una degollina cuyos detalles atroces serían grabados y expuestos en primicia frente a los ojos del mundo. Estos hechos demuestran que, más allá de toda contienda, ahora hablamo...

LA RIDICULEZ DE LA “RESISTENCIA INDÍGENA”

    Es claro como el agua que la izquierda latinoamericana apela a la estulticia y al resentimiento para hacerse popular y reclutar incautos. Y eso lo constatamos cada año, cada 12 de octubre, al escuchar el invariable mensaje de los gobiernos populistas de nuestro continente: nosotros éramos felices hasta que vinieron los pérfidos españoles a sabotearnos la dicha y a sojuzgarnos. Si esa inquina bobalicona tuviera sentido, entonces la civilización del hierro debió pedirle perdón a la del bronce, y ésta a la de piedra; los mexicas deberían avergonzarse frente a los más de 360 pueblos a los que sometieron; los incas disculparse con los huancas, tarmas o cajamarcas, de cuyos territorios se apoderaron a sangre y a cuchillo, y el Imperio Romano, por supuesto, no debería recordarse por el inmenso legado cultural del que hoy disfrutamos en Occidente, sino que debería mirarse como un asunto deplorable que acabó con la alegría de los celtas, de los iberos o de los germanos. Ubiquémonos...